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La obra es fiel reflejo de su creador. El caso de Eguiluz lo destaca de una manera evidente, aunque no visiblemente exaltada, pues la condición de su carácter está más cerca de captar lo que le rodea con una intensidad en apariencia apacible, dirigida hacia la interiorización.

En su trabajo gravitan las impresiones primeras, la luz y los paisajes de su infancia, a través de los que sigue viendo el mundo como por unas lentes que le hacen distinguirlo con unos colores personales, base de su armónico vivir y convivir selectivo con lo que le rodea y de su identificación con las cosas.

Se sitúa ante aquellos lugares que de manera más o menos consciente le recuerdan o le sugieren. Pero, en definitiva, cualquier tema, aunque fuera indicado, lo traduciría a su personal forma de ver y de organizar las formas y el color.

Sus cuadros, realizados con una gran unidad de estilo, están pintados con una técnica derivada del impresionismo y pueden definirse como post-impresionistas, con algunas referencias al post-modernismo, interpretados desde una visión actual.

Dentro de estas direcciones, en líneas generales, tiende a representar aspectos del mundo de un modo más acorde con su equilibrio existencial, o incide hacia motivaciones de índole poética y trascendental y deja a un lado los aspectos más sombríos o negros de la expresión. Así su obra se mantiene en un equilibrio que la aleja de aspectos más asépticos de la creación cual el constructivismo y derivados y de los diversos expresionismos de angustiosa distorsión.

Situada en un punto de la balanza que se inclina discretamente hacia el lado del optimismo, capta motivos de la realidad donde descubre una belleza permanente, plasma una invitación hacia la felicidad, en concordia con la naturaleza.

El espectador se asoma hacia las ventanas abiertas de sus cuadros. Aunque en muchos de ellos no aparece la figura humana están realizados desde ella y no desde su ausencia; ofrece la "presencia" de los paisajes sentidos desde la humana contemplación permanente y no en la soledad. Son paisajes continuadamente mirados y vividos con amorosa delectación compartida. Los campos y los temas que reflejan, aparecen organizados, a la medida humana y aun cuando en ellos no se reflejan su presencia, por las herramientas amigas. Son paisajes trabajados por quien ama lo que trabaja, donde y como lo trabaja. Sin ofrecer aspectos descuidados ni pintorescamente "salvajes" refleja una auténtica atmósfera civilizada a la medida de las posibilidades de una romántica existencia.

Cuando en sus paisajes aparecen caseríos y edificios salpicados con naturalidad, sus equilibradas distancias y sus relaciones con las figuras, armonizan como en un sentido y cuidado belén.

Cuando sus cuadros son abiertamente urbanos, el tema aparece limpio de referencias que hablen de un mundo invadido por los aspectos más banales de la técnica y de la publicidad. Nos muestra su intemporal y más favorecedor aspecto y sus edificios se sitúan dentro de una atmósfera de cielo abierto donde la presencia de la naturaleza inmediata, si no está presente en las imágenes cercanas, está en el trasfondo de los cuadros.

Asimismo en los temas donde el agua es prácticamente protagonista nos ofrece amables aspectos, cuando está presente la marina o la dulce de un estanque.

En todos sus cuadros existe una aproximación entre la tierra y la atmósfera. Lo terrenal y lo celeste tienden a fundirse como si nos ofrecieran aspectos de un terrenal paraíso, como si fueran paisajes que pertenecen a una edad dorada. Y lo dorado aparece visible y sumergido como testimonio de alegría esencial y del poseer aspectos simbólicos. Si lo dorado remite al oro, entre otras significaciones que le pertenecen a este preciado metal, están las de la inalterabilidad y el brillo que remiten a los anhelos de permanencia y de gloria.

Sus cuadros ofrecen alegría lumínica que, cual emanando de su interior, se expande por toda la superficie hacia el espectador y transfigura la potencia de sus tonos y les añade originales matices.

Variado en sus recursos de composición, los cuadros de Eguiluz       poseen una generalizada estructura horizontal-vertical cruzada, no simétrica, a la que se le unen otros ritmos.

Los colores de Eguiluz, aparecen siempre cálidos, por encima de que nos hablan a veces de temas y con pigmentos de entonaciones frías.

Su entusiasmo se manifiesta interiorizado. El artista incide en la naturaleza de las cosas, las vive presentándolas con aspecto de idealizados escenarios testimoniales, a propósito para una vida idílica, para contemplar el bello transcurso del paso de las estaciones a las que la creación les proporciona una permanente belleza.

La plena luz del día con que da la impresión de que están pintados sus cuadros, aparece tamizada para no herir, ni borrar en las cosas sus detalles y brillen con una discreta luminosa luz. A la luz franca de un intenso día estival pudieran haber pasado del plano de la representación de lo existente al de lo irreal.

Si asoma en sus cuadros la noche lo hace con un diurno aspecto.

Ante muchos de sus cuadros tenemos la sensación de sumergirnos en el interior del paisaje bajo la vegetación arropada por la presencia vigilante del caserío, de la montaña.

Eguiluz, pasea los pinceles por los escenarios y, sean los que sean, en sus cuadros se reflejan los familiares de la aldea.

Ofrece relaciones de simpatía y estímulo con los Macchaioli italianos, con aspectos de la plástica oriental, con Manet hacia Monet, con el audaz entusiasmo de los paisajistas canadienses y, en definitiva, adopta una postura de organizador de los elementos reales a los que sirve sirviéndose de ellos.

Ofrece un trasfondo de puntillismo y de fauvismo.

La forma de pintar de Eguiluz, aunque naturalmente no lo pretende, ni podría esquivarse a los condicionamientos artísticos de su tiempo, tiene una evidente relación con él, aunque está realizada al margen de las corrientes imperantes de la época, cual una de las numerosas personales islas aisladas, y a la vez su pintura se realiza bien lejos de los conceptos tradicionales y académicos, aunque el realismo que la caracteriza, su fidelidad al modelo, el evidente reconocimiento de la existencia real de sus temas, puede hacer pensar de otro modo.

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